Un parásito le cambió la vida a Jarlinson Pantano

24 Sep 2018
Un parásito le cambió la vida a Jarlinson Pantano

No sabe por qué llegó, pero sí para qué. El pedalista del Trek Segafredo relata los meses difíciles que ha pasado alejado de la bicicleta. Confía en el equipo que estará el domingo en el Mundial de Innsbruck (Austria).

 

“No sé qué carajos pasa. Estoy entrenando de la misma forma que siempre en la altura. Pero los resultados no son los mismos de antes. No hay explicación. Tal vez se me acabó mi cuarto de hora”, le dijo Jarlinson Pantano a Yesenia Narváez, su esposa, a principios de agosto, cuando tuvo que abandonar la Vuelta a Polonia.

“No digas eso. Así como la gente tiene momentos de gloria, también hay otros para que el cuerpo se recupere. No siempre se puede ganar. Te lo digo como la mamá de tus hijos y también como la profesional en el deporte que soy. No vas a tirar la toalla”, respondió ella.

Su próxima parada fue el laboratorio. Los exámenes médicos arrojaron el dictamen: toxoplasmosis. Una infección orquestada por un parásito diminuto que se coló en sus células viviendo a costa suya. Un microorganismo que antes era huésped en un pedazo de carne crudo o en las heces de un gato y se quedó alimentándose de Jarlinson y lo debilitaba. Mientras sus pálidos resultados lo hacían flotar en un precipicio y la confianza en sí mismo sufría una quirúrgica puñalada de inseguridades.

¿Cuánto tardó en darse cuenta? No lo sabe. Noticia durísima, también agridulce. Porque en medio del aguacero le encontró una lógica a preguntas que no había logrado responderse. “Va a escampar entonces”, pensó. No sabe cuándo, aunque se siente mejor, en cualquier momento la bacteria puede volver a manifestarse con fuerza. Por eso tiene que ser meticuloso en su tratamiento.

Tuvo que renunciar a su participación en la Vuelta a España, así como en el Mundial de Ciclismo. Aunque el mes y medio que lleva recuperándose en su casa en Cali le ha sentado bien. Su esposa y Jerónimo, su hijo de siete años, han sido las columnas que lo han sostenido. Así como también el nuevo inquilino de la familia: Maximiliano, quien nacerá en noviembre.

“Soy la más feliz de tenerlo en la casa, porque está mucho tiempo fuera. Pero prefiero verlo montado en la bicicleta. Su alegría se ha minimizado un poco. Aparte es muy terco: se pone a jugar con los niños y hace esfuerzos físicos fuertes. He sido su hombro en estos tiempos difíciles”, cuenta su esposa.

La rutina del hombre del Trek Segafredo ha dado un giro. Despierta a las cinco de la mañana a prepararle el desayuno y la lonchera a Jerónimo antes de que se marche al colegio. Poco a poco monta más en bicicleta y siente que le está ganando el pulso a la toxoplasmosis. Sus ratos libres y su cabeza se centraron en su proyecto de vida: la Fundación Jarlinson Pantano, que ayuda a niños del Valle del Cauca a darles forma a sus anhelos en el ciclismo. “Solo le pido a Dios que al menos uno llegue a Europa”, cuenta Jarlinson en su charla con El Espectador mientras acompañaba a sus pupilos a una prueba prejuvenil antes de la primera etapa del Clásico RCN, en Cali. ¿La consigna? Que en tres años puedan conformar un equipo continental. “Jarlinson ha sido un padre para mí”, apunta Michael Stiven Duarte, el máximo prospecto de los 20 niños vinculados a la escuadra.

Los problemas vienen en empaque de regalo. Esa es la lectura y nueva filosofía de Pantano. La bacteria terminó siendo un antibiótico que lo fortaleció para llevar la vida con más calma y valorar los pequeños detalles.

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